En su segunda carta a los corintios, Pablo defendiendo su apostolado, señala que no se recomienda a sí mismo, ni comete el error de gloriarse en las apariencias 一como buscando agradar al hombre. Su recomendación venía de Dios mismo y de la obra que Dios le había permitido hacer (2 Co 3:1-2), su competencia o capacidad para el ministerio no provenía de sí mismo sino de Dios (2 Co 3:5-6), su predicación no era sobre sí mismo sino sobre Jesucristo (2 Co 4:5), reconocía que el poder para cambiar vidas provenía no de sí mismo sino de Dios (2 Co 4:7), y sabía que a pesar de intentar persuadir a los hombres, Dios sabía quién era (2 Co 5:11). Su identidad descansaba en Dios y sólo a Dios buscaba agradar.

Lo que Pablo era provenía de Dios, y lo que hacía provenía de Dios. Su realidad era construida a partir de Cristo, y la opinión de los demás no era necesariamente importante, pues buscaba agradar a Dios. La audiencia a agradar en su vida siempre fue Dios, y lo hizo viviendo para Cristo. La pregunta es ¿por qué?

La respuesta la encontramos aquí:

Pues el amor de Cristo nos apremia, habiendo llegado a esta conclusión: que uno murió por todos, por consiguiente, todos murieron; y por todos murió, para que los que viven, ya no vivan para sí, sino para aquel que murió y resucitó por ellos.

2 Co 5:14-15

Ahora bien querido lector ¿crees que Cristo murió y resucitó por ti? Si la respuesta es sí 一y espero que así sea, ¿para quién estás viviendo? La respuesta a esta pregunta se mueve entre dos mundos, a saber, vives para ti, o vives para Cristo. Vivir para nosotros mismos es una contradicción y un atentado en contra de la resurrección de Cristo. Si creo que he resucitado con Cristo, estoy obligado a creer que he muerto con Él. Mis deseos y anhelos han sido transformados por el poder de la resurrección, impulsándome y apremiándome para que no viva para mí, sino para aquel que murió y resucitó por mí. Como dice Kistemaker en cuanto a los cristianos comentando este pasaje:

Ya no están muertos espiritualmente, sino que han recibido la nueva vida en Cristo. Los propósitos egoístas y las ambiciones han sido desechados, pues ahora el propósito de los creyentes es vivir por aquel que murió por ellos (Ro 14:7-8).

Simon J. Kistemaker. 2 Corintios. (Grand Rapids, MI, 2004), 213.

Este cambio responde a la realidad descrita por Pablo en Gálatas 2:20, no vivimos nosotros, sino que vive Cristo en nosotros, y responder a los anhelos de Cristo es lo que corresponde hacer con nuestras vidas. Estos anhelos emanan del corazón del cristiano que vive meditando y considerando cuán grande amor ha tenido Cristo por él, por lo que Cristo debe ser más importante que nosotros, porque Él ya demostró en el calvario cuán importantes éramos para Él. Como escribió Craig Keener:

La nueva persona en su interior, que participa en la resurrección de Cristo, significa más que la persona exterior en decadencia, que es observable a los ojos humanos.

Craig S. Keener. Comentario al contexto cultural N.T (El paso, TX: Editorial Mundo Hispano, 2003), 499.

La más grande provisión de Dios para nosotros es Jesucristo. Todo lo que tenemos y somos es gracias a Él y a su perfecto amor manifestado en su muerte por nosotros. Estábamos muertos y ahora vivimos, pero eso es gracias al inmenso amor de Cristo. Te invito a revisar tu vida y a meditar en la pregunta ¿para quién estás viviendo?, y de ser necesario a, en la gracia del Señor, hacer los ajustes pertinentes para enmendar el rumbo. Dejemos de vivir para nosotros, y vivamos para aquel que murió y resucitó por nosotros. Vivir para Cristo, significa vivir como Cristo lo hizo. De todas maneras, ¿qué clase de vida puede haber en aquello que guiado por nuestro egoísmo produce muerte? Vivamos para la persona correcta, vivamos para Cristo. Si crees que careces de motivación para hacerlo, medita en el amor de Cristo, vuelvo a repetir: ¡Medita en su amor! y ve si no serás impulsado a vivir para aquel que murió y resucitó por ti.

Dios te bendiga.

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