En pos de la santidad es un libro escrito por Jerry Bridges que invita al lector, a través de sus 16 capítulos, a reconsiderar y reflexionar sobre el tema de la santidad personal. No podemos quedarnos sólo en la creencia de una santidad posicional. El Señor nos ordena ser santos porque Él lo es y tenemos una enorme responsabilidad en obedecer este mandamiento.

Doy gracias a Dios por la oportunidad de haber leído este libro, y por mi hno. Rubén Zúñiga que me lo prestó con una enorme sonrisa en el rostro. A continuación quiero compartir con ustedes un breve resumen de lo leído con algunas citas directas del texto en cuestión.

1. Corrigiendo la perspectiva

“La santidad es una actividad conjunta entre Dios y el creyente. Nadie puede lograr medida alguna de santidad si Dios no obra en su vida; pero, de igual manera, la santidad no es posible si el creyente no se esfuerza. Dios ha dispuesto las cosas de modo que nos resulte factible andar en santidad. Pero nos ha dado a nosotros la responsabilidad de hacer la parte práctica; esa parte no la hace Dios” (pág 4).

Un refuerzo de lo anterior es Heb 12:14 que enseña claramente que debemos seguir la santidad, sin la cual nadie verá al Señor. Por lo tanto, estamos inmersos en un proceso de santificación que dura toda la vida y es nuestra responsabilidad seguirlo.

Esto supone un desafío para todo el que diga ser creyente en Jesucristo: La santidad es para ti y para mí, Dios lo exige y Pablo enseña que podemos alcanzar dicha santidad, pues el pecado no se enseñoreará de nosotros (Rom 6:14). La santidad nada tiene que ver con una lista legalista de cosas que se pueden o no hacer, pero sí significa ser moralmente intachables y apartados para Dios. Es un tema de nuestro interior que se refleja en nuestras acciones. El asunto de la santidad guarda relación con la gravedad que asignamos al pecado y nuestro ego. Nuestra actitud hacia el pecado se centra en nosotros mismos más que en Dios. Pero la obediencia está orientada hacia Dios y su poderosa obra en nosotros. Cuando pecamos, lo hacemos contra Dios y esto es algo de gravedad extrema. Comúnmente adoptamos la creencia de que vivir por gracia significa que no se nos exige ningún esfuerzo para alcanzar la santidad ーDios me perdonará todo ¿verdad?ー, pero esto no es así. Además tenemos la tendencia a clasificar los pecados acorde a su gravedad, no bajo los criterios de Dios, sino bajo nuestros propios criterios diciendo, por ejemplo, que mentir no es tan grave como adulterar. Pero somos llamados a ser santos, y no se puede lograr esto sin un correcto concepto de Dios y del pecado. Ser santos no es una opción es un mandato.

2. La santidad comienza mirando a Dios

Dios nos ha llamado a ser como Él es, y no como la cultura cristiana de moda es. Dios es libre de todo mal, y el mismo constituye toda pureza moral (Ex 15:11; Ap 4:8). No concebiremos lo pecadores que somos hasta que contemplemos lo santo que es Dios (Is 6:5). Conocer su carácter es necesario en la carrera de santificación, pues Dios ni incita a pecar ni nos pone en situaciones en donde quedemos sin alternativa al pecado. Él aborrece el pecado y por ende nosotros debemos aborrecerlo también. Mientras más crezcamos en santidad seremos más sensibles al pecado. Aborrecemos lo que Dios aborrece y amaremos lo que Dios ama. Todo lo anterior (la santidad de Dios, su carácter, saber lo que Él ama y aborrece, etc.) lo encontramos en la perfecta revelación de Dios para nosotros, es decir, Las Escrituras.

3. Ser santos es una orden

No debemos buscar vivir en santidad simplemente por que se nos ordene, pero debemos reconocer que Dios nos manda ser santos (1 Pe 1:16) y este mandamiento es respuesta a su carácter. “Desde luego que el amor de Dios para con nosotros, manifestado por Jesucristo, debe constituir la motivación principal para buscar la santidad. Pero una motivación incitada por el aborrecimiento de Dios hacia el pecado y el juicio consiguiente sobre el mismo, no es menos bíblica” (pág 28).

Si bien tenemos una santidad posicional en Cristo, somos llamados a crecer en santidad en nuestra vida diaria (1 Tes 4:7; 1 Co 1:2). En palabras del obispo anglicano Ryle: “Dudo realmente que nosotros tengamos alguna base para decir que es posible que el hombre pueda convertirse sin que al mismo tiempo se consagre a Dios. Desde luego que puede experimentar mayor consagración, y así ocurrirá a medida que su gracia vaya aumentando proporcionalmente; pero si no se consagró a Dios el mismo día en que se convirtió y nació de nuevo, entonces no entiendo lo que significa la conversión” (pág 34).

Las escrituras nos dicen en cuanto a la santidad que:

  • La santidad es para nuestro propio bienestar (Heb 12:6).
  • La santidad es necesaria para el efectivo servicio a Dios (2 Tim 2:21)
  • La santidad es necesaria para conocer la seguridad de salvación (2 Cor 5:17; 1 Jn 3:3; Rom 8:14)
4. La obra de Cristo lo hace posible aunque la lucha permanezca

Sin duda alguna, la obra de Cristo lo hace posible 2 Cor 5:21 ーser santosー, estamos seguros en Él y tenemos su ejemplo (1Pe 2:21). Como dijo John Brown la santidad consiste en pensar como Dios piensa y desear lo que Dios desea” (pág 50), y esto lo logramos gracias a la obra de Cristo en nosotros.

El haber sido salvados nos demanda santidad (Rom 6:6-7), hemos sido trasladados al reino de Cristo (Col 1:13), y en virtud de nuestra unión con Él hemos muerto al pecado. “La experiencia de la santidad no es un regalo que recibimos de la manera en que recibimos la justificación, sino algo que claramente se insta a procurar esforzadamente” (pág 57).

El creyente a pesar de ser salvo continuará luchando pues “es un hábito nuestro el ocuparnos de nosotros mismos en lugar de ocuparnos de los demás, el tomar represalias cuando se nos hiere de algún modo, y el dar rienda suelta a los apetitos carnales. Hemos adquirido el hábito de vivir para nosotros mismos y no para Dios. Cuando nos hacemos cristianos, no podemos abandonar todo esto de la noche a la mañana. En realidad, pasaremos el resto de la vida desechando dichos hábitos para desarrollar hábitos piadosos” (pág 63), lo que no puede ocurrir es que llevemos años de creyente sin haber cambiado cosa alguna en nuestra conducta pecaminosa.

Como dice el Dr. Martyn Lloyd Jones: “A pesar de que el pecado no puede reinar en nosotros, es decir, en nuestra personalidad esencial; en cambio puede, sino se le controla, reinar en nuestro cuerpo. En este caso lo que hará es convertir los instintos naturales del cuerpo en lujuria. Transformará los apetitos naturales en desenfreno, la necesidad de vestido y protección en materialismo y el interés sexual normal en inmoralidad” (pág 64).

Somos responsables entonces de resistir el pecado, no tenemos excusa pues Dios nos ha dado esa capacidad. Como dijo Pablo: aún el mal está en nosotros (Rom 7:21) pero Dios nos ayuda mediante su Espíritu Santo y su Palabra a examinar nuestro corazón, evaluar y entonces, cambiar (Sl 139:23-24).

5. Tenemos el Espíritu Santo

No sólo estamos muertos al pecado sino que también estamos vivos para Dios (Rom 6:11). El poder de Dios operando en nosotros, mediante su Espíritu, es superior al del pecado que aún queda en nuestros miembros. El Espíritu Santo nos capacita para hacerlo, nos muestra nuestro pecado a la luz de la Palabra y produce en nosotros el querer como el hacer, pero nosotros debemos andar en el Espíritu y no satisfacer los deseos de la carne (Gal 5:16). El Espíritu Santo obra en nosotros, revelándonos nuestro pecado, creando un deseo de santidad, y proporcionándonos la fortaleza necesaria para responderle con obediencia. Por lo tanto, es menester hacer morir los terrenal en nosotros (Col 3:5). Si hemos de buscar la santidad debemos tomar las decisiones correctas en nuestra vida en cuanto al pecado, pero solo el Espíritu es suficiente para esta obra. “Pero aun cuando la mortificación tiene que hacerse por medio de tal fortaleza y bajo la dirección del Espíritu Santo, no deja de ser, sin embargo, una obra que debemos realizar nosotros mismos. Sin la fortaleza que proporciona el Espíritu Santo no habrá mortificación, pero si nosotros no intervenimos valiéndonos de Su fortaleza, tampoco habrá mortificación” (pág 99).

Debemos reconocer que el Espíritu Santo no obra aparte de la Palabra de Dios. La Palabra de Dios tiene que estar tan firme en nuestra mente que se convierta en la influencia dominante de nuestros pensamientos, actitudes y acciones (Sl 119:11). De allí cobra importancia la disciplina cristiana (1 Tim 4:7). “La disciplina no significa apretar los dientes y decir: No voy a volver a hacer esto. Más bien, la disciplina significa instrucción, preparación estructural planificada. Así como se requiere un plan para leer o estudiar la Biblia en forma regular, también se necesita un plan para aplicar la Biblia a la vida cotidiana” (pág 121), y somos llamados perseverar en esto a pesar de los tropiezos (Prov 24:16).

6. Conclusiones

El conocer a Dios, la realidad de la salvación en Jesucristo, y el poder de la Palabra y el Espíritu Santo en el creyente, deben ser un motivador a la santidad (2 Cor 7:1) llevando cautivo todo pensamiento a la obediencia a Cristo (2 Cor 10:5; Fil 4:8). Lo que hay en nuestra mente y corazón determinará nuestras acciones (Prov 4:23), o como dice el autor: “La santidad comienza en nuestra mente y se extiende a nuestras acciones” (pág 141). Debemos erradicar de nuestra mente la envidia, los celos, la amargura, la crítica y el chisme pues son tan malas como la inmoralidad sexual, y procurar ser llenos del Espíritu.

Obviamente esto debe generar deleite en nosotros y no una carga a llevar (Sl 40:8; Rom 12:2) hasta que podamos decir como Pablo que: Dios produce en nosotros el querer como el hacer por su buena voluntad (Fil 2:13). Por lo tanto, ahora debemos servir a la justicia (Rom 6:19). “Así como anteriormente nos entregábamos a los hábitos perversos, ahora debemos darnos al desarrollo de los hábitos de santidad. Ejercitarnos para la piedad es disciplinar y estructurar la vida de manera que desarrollemos hábitos piadosos. Estos hábitos se ven exteriormente pero deben ser el reflejo de una realidad interior. Mantenernos en esta línea demanda fe. Renunciar a lo que creemos que merecemos o vemos como necesario requerirá de fe (Heb 11:6). “La fe no solo es necesaria para la salvación, también es necesaria para vivir una vida agradable a Dios” (pág 168).

Termino señalando que vivir en santidad produce gozo. El deleite del creyente que crece en santidad está en Dios (Jn 15:10-11). Por lo tanto, el cristiano que va en pos de la santidad obedece con gozo el mandamiento de ser santo porque su Señor lo es y le ha dado todo lo necesario para hacerlo.

Espero que este artículo, en la gracia del Señor y el poder del Espíritu, te ayude a crecer en santidad.

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