Este periodo abarca desde la caída de Roma (476) hasta la caída de Constantinopla (1453). Consideraremos cuatro asuntos en este artículo: (1) El poder de la Iglesia de Occidente, (2) El poder Musulmán, (3) El Santo Imperio Romano, y (4) La separación de la Iglesia Oriental y Occidental.

El poder de la Iglesia de Occidente

Sin duda alguna radica en la autoridad y poder del papa. No es de extrañar que este poder se desarrolló y evolucionó de gran manera durante estos mil años. Para el papa, el reconocimiento de obispo universal no fue suficiente, ahora se proclamaría gobernador sobre naciones, reyes, y emperadores. El desarrollo del poder papal se puede dividir en tres periodos durante la Edad Media.

1. El Crecimiento

Este periodo empezó con Gregorio I El Grande [590 – 604], y llegó a su apogeo bajo Gregorio VII, mejor conocido como Hildebrando [1073 – 1085].

Gregorio I envió misioneros a Inglaterra y a las naciones europeas que aún permanecían paganas, incluso logrando traer a la fe ortodoxa a los arrianos dispersos en el imperio. Logró imponer el título de obispo universal aun en contraposición al obispo de Constantinopla, ejerciendo también, dominio político sobre la región. Gregorio I formalizó y desarrolló doctrinas en torno a la adoración de imágenes, el estado intermedio en el purgatorio, y la transubstanciación, y  además alentó y defendió  a la vida monástica. Su título de Grande es bien merecido. Se dice que era un líder nato y dotado, algunos dicen de él que fue uno de los administradores más capaces en la historia de la iglesia. Gregorio comenzó con un proceso que no se detendría hasta cientos de años después, proceso que terminó poniendo la figura del papa por sobre todo y todos. A este proceso se le imputan las siguientes causas:

  1. El ejercicio de la Justicia de parte del papa en Roma.
  2. La solidez de un gobierno eclesial “unificado y permanente”.
  3. Su “falsa propaganda” al mundo.

2. La Culminación

Este periodo fue entre 1073 y 1216. Fue durante casi ciento cincuenta años que el papado tuvo poder absoluto político y religioso. Hildebrando o Gregorio VII gobernó durante este periodo, manifestando en toda su plenitud el poder papal “detrás del trono”. Hildebrando reformó el clero, logrando detener la compra de puestos de importancia en éste. También instauró como ley el celibato del sacerdocio, que hasta entonces, sólo era altamente recomendado. Suprimió la elección de obispos por el estado, y logró que la iglesia fuese suprema al estado. Un ejemplo de esto fue que puso en excomunión al emperador Enrique IV. Hildebrando quería someter el gobierno del estado a la iglesia.

Otro papa a destacar durante este periodo fue Inocencio III (1198 – 1216). El fue quien dijo: «El sucesor de San Pedro (el papa) ocupa una posición intermedia entre Dios y los hombres, es decir, es inferior a Dios, pero superior a los hombres, es el juez de todos mas nadie lo juzga.» Sin duda esto es una declaración tremenda y monstruosa.  Se convirtió en el señor supremo de Roma y puso y depuso emperadores, excomulgó reyes, impuso obediencia, etc. Se dice que todo esto fue gracias a las reformas de Hildebrando al inicio del periodo.

3. La decadencia

Mientras se acercaba en Europa el ocaso de la Edad Media, la lealtad nacional se levantó para competir con la lealtad eclesiástica gatillando la decadencia papal. Ésta comenzó con Bonifacio VIII en 1303. Bonifacio VIII tenía las mismas pretensiones que sus predecesores, pero algo había cambiado, intentó eximirse de impuestos pero no lo logró, intentó influenciar en Felipe el Hermoso de Francia, y éste, terminó encarcelándolo. Después de esto, los siguientes setenta años los papas serían elegidos por el rey de Francia, quedando así, subordinados a éste. Este periodo se llama la Cautividad Babilónica. La sede del papado pasó de Roma a Aviñon (Sur de Francia), y el papa terminó perdiendo su poder. En 1378 el papa Gregorio XI volvió a Roma, posteriormente se celebró el concilio de Constanza en donde se eligió un nuevo papa “gobernante”, pero nunca con la misma influencia de antaño. De aquí en más, los papas continuarían en Roma, buscando y ejerciendo poder, pero de forma mucho más limitada inclusive hasta nuestros días.

El Poder Musulmán

A partir del siglo VI Las provincias pertenecientes a Constantinopla comenzarían a ser lentamente arrebatadas por el nuevo imperio, político y religioso, de un tal  Mahoma. Esto hizo que la iglesia oriental fuese doblegada por este poder emergente, que incluso, quería impactar Europa. Después de catorce siglos la fe de Mahoma es aún abrazada por cientos de millones de personas.

Mahoma (La Meca, Arabia, 570), quien a los cuarenta años comenzó su carrera como profeta, con el pasar del tiempo se hizo de un séquito de seguidores, junto con los cuales, sería perseguido a causa de sus influencias. Sin embargo, tuvo éxito en someter a las tribus árabes que estaban dispersas. Todo esto generó que muriese (622) como gobernante aceptado por toda Arabia.

A la fe de Mahoma se le denomina Islam o Islamismo (sumisión), y a sus adeptos se les llama musulmanes. Si bien en sus inicios apeló a conversiones “morales y voluntarias”, con el pasar del tiempo, y el reconocimiento de poder que ostentaba, decidió hacer uso de las armas para “convertir” a los conquistados. Conquistaron Palestina y Siria, y los lugares santos del cristianismo, abarcando todo el imperio de oriente, dejando sólo Constantinopla en pie. Los cristianos conquistados, si se sometían, podían gozar de ciertas “libertades” de culto. Los delegados de Mahoma recibieron el nombre de califas. El imperio de los califas, por oriente, se extendió más allá de Persia hasta la India. Su capital estaba en Bagdad. Hacia el occidente Egipto, el norte de África, y gran parte de España.

El progreso de los musulmanes fue detenido por Carlos Martel (Sur de Francia), en la famosa de batalla de Tours en 732. La importancia de esta victoria radica en que si los francos hubiesen sido derrotados, muy probablemente hoy se hablaría del Islam como la religión de occidente. Los métodos de conquista islámicos eran invasivos y feroces, dejando un gran daño mientras avanzaban. En contraste a todo esto aparecería el Santo Imperio Romano.

El Santo Imperio Romano

Se le llamó así a una entidad política y “religiosa” que existió desde siglo IX al siglo XIX. A finales del siglo octavo se levantó uno de los hombres más grandes de todos los tiempos, Carlo Magno (742 – 814) nieto de Carlos Martel. Carlo Magno se constituyó amo de casi todos los países de Europa occidental, y llegó a ser emperador de Roma, nombrado por el papa León III, convirtiéndose en el referente político religioso de la época. Si bien se le reconocía, no se le obedecía, salvo desde Alemania y parte de Italia, de allí que también a este  «imperio» se le conozca como Imperio Germano. Con el pasar de los años, los muchos “estados” del imperio llegaron a ser prácticamente independientes, hasta que el título de emperador pasó a significar prácticamente nada. Cincuenta y cuatro emperadores sucedieron a Carlo Magno y a casi ninguno vale la pena recordar, esta sucesión terminó en 1806, cuando Napoleón estaba en la cumbre de su poder y todo lo que significó Roma, estaba lejos, muy lejos de ser un gran imperio.

Separación de la Iglesia

Se habla de una separación formal entre la Iglesia Latina y la Iglesia Griega en el siglo once, pero se sabe que la división se efectuó antes. Fue en 1054 que el papa mandó a poner en el altar de Santa Sofía en Constantinopla el famoso decreto de excomunión. Esto oficializó la separación e impulsó que cada iglesia ignorase a la otra. Nunca se logró superar la diferencia doctrinal en cuanto a la procedencia del Espíritu Santo. Los latinos decían que el tema estaba claro y el Espíritu Santo procedía del Padre y del Hijo, pero los griegos decían que procedía del Padre. Aunque usted no lo crea, esto no sólo generó conflictos verbales y sociales, sino que también cientos de muertes.

Cada iglesia tenía sus normas, los papas orientales debían estar casados, mientras que los occidentales lo tenían prohibido. La iglesia oriental no veneraba imágenes, la iglesia occidental sí lo hacía. La iglesia oriental hacía uso de pan normal, mientras que la occidental de pan sin levadura. A todo esto se le debe sumar la caída de occidente en el 476, que generó una especie de “divorcio” de la iglesia oriental, la sed de poder del obispo de Roma como papa universal, y el posterior nacimiento del Santo Imperio Romano, lo que de lógica exige: cada imperio con su iglesia, Roma con su iglesia, y Constantinopla con la suya. Esto marcó una separación que dura hasta nuestros días.

Bibliografía

  1. Hurlbut, Narro, Flower La Historia de la Iglesia Cristiana (Vida, 1952)
  2. Justo L. González Historia del Cristianismo (Unilit, 2003)