La semana anterior consideramos las barreras con las que el intérprete se acerca al texto, y quiero reforzar esta idea señalando tres influencias a las que nos vemos sometidos cuando leemos la Escritura y queremos entenderla, pues muchos piensan que se puede estudiar la Biblia sin reflejar externamente lo que creemos y somos. No importa cuanto tratemos de hacer lo contrario, siempre somos afectados por influencias, mientras más conscientes de esto, mejor trabajo haremos, porque sabremos discernir.

  1. Interacción: Nuestra interacción con otros afecta mucho. Con quien me formé, quién me enseñó, a qué iglesia asistí, etc. Son influencias que afectan mi cosmovisión bíblica. También lo son aquellos maestros que admiro, y que creen o no ciertas cosas. Las amistades cristianas que tengo, y los referentes de quienes estudio condicionan, aunque no lo crea, mucho la interpretación.

    La Biblia, y no nuestro autor o amigo preferido, es la autoridad.

  2. Experiencia cristiana: esto también afecta puesto que nos lleva a decir: “yo creo esto porque a mí me pasó, o yo lo vi ”. Nuestro crecimiento y santificación deben hacernos mejores intérpretes.

    La Biblia, y no la experiencia, es nuestra autoridad.

  3. Nuestra realidad de contexto y madurez: Un rico entenderá de mejor manera la historia del joven rico. Un pobre pondrá mayor esperanza en el sermón del monte. Jesús mismo dijo a los fariseos que las prostitutas van primero al reino de Dios, enseñando que es el necesitado y enfermo quien busca la «medicina». Craig S. Keener dice que a veces, o generalmente, interpretamos lo que queremos interpretar. Hace algunos años atrás los dueños de esclavos encontraron una forma de enseñar la Biblia señalando que Efesios 6:5 apoyaba la esclavitud, y la sujeción de ellos, pero no ponían atención al verso 9 de la sección que dice “amos haced con ellos lo mismo”, el esclavo no tenía como defenderse, pues no sabía leer.

    La Biblia, y no mi realidad o mis dudas por falta de madurez o de comprensión de las Escrituras, es la autoridad.

Estar consciente de todo lo anterior ayudará a disminuir el riesgo de una mala interpretación, como también, que el intérprete cumpla algunos requisitos como estudiante de la Palabra de Dios. Por ejemplo, Roy Zuck declara que: “Nadie puede comprender plenamente el significado de la Biblia a menos que haya sido regenerado. La persona no creyente está espiritualmente ciega (2 Corintios 4:4) y muerta (Efesios 2:2)”1. Es importante notar que la declaración señala comprender plenamente. La comprensión meramente intelectual de la Biblia es algo que cualquier persona podría llegar a hacer con esfuerzo. Pero el poder, no sólo comprender intelectualmente, sino aceptar lo que la Biblia enseña y vivirlo es lo que sólo el Espíritu Santo hace posible en el creyente. Por lo que diremos que todo parte con el Espíritu Santo morando en nosotros, pero ya que la Biblia es un libro con características especiales, desafía aun al creyente a poseer características también «especiales», entre las cuales están las siguientes cuatro:

  1. Objetividad: como ya hemos señalado es necesario acercarse a la objetividad, y conocernos a nosotros mismos. El racionalista, como dice Martínez, interpretará todo lo sobrenatural negando la literalidad de la narración. El existencialista prescindirá de la historicidad de determinados relatos y acomodará su interpretación a lo que en el texto busca. El dogmático interpretará la Escritura de modo que siempre quede a salvo su sistema doctrinal, y así sucesivamente. Nunca olvidemos las Palabras de R.E Palmer:

    “Estamos inmersos en el medio de la tradición, que es transparente para nosotros, y por lo tanto invisible, como el agua para el pez”.

    Tratar de ser objetivos es de suma importancia, y una forma de acercarse a la objetividad, es precisamente, tener la humildad necesaria (vista más adelante) que reconozca nuestra subjetividad.

  2. Espíritu científico: Se requiere del lector que tenga una vehemente intención de investigar qué fue lo que el autor quiso decir: cuándo escribió lo que escribió, y a quién lo escribió. “Se debe estar mentalizado y capacitado para aplicar al estudio de la Biblia los mismos criterios que rigen la interpretación de cualquier composición literaria. El hecho, de que tanto en la Biblia como en su interpretación hayan elementos especiales, no exime al intérprete de prestar la debida atención a la crítica textual, al análisis lingüístico, a la consideración del fondo histórico, y a todo cuanto pueda ayudar a aclarar el significado del texto (arqueología, filosofía, obras contemporáneas, etc.)”.2
  3. Humildad: Mientras más sé, más ignorante me siento. No al revés. La Biblia es infalible, no los intérpretes. Por eso, el intérprete debe ser humilde y estar abierto a la posibilidad de qué puede estar equivocado. Quien se encasilla en una tradición interpretativa, sin someter a constante revisión sus interpretaciones, pone al descubierto una gran ignorancia, tanto en lo que concierne a las dimensiones de la Escritura como en lo relativo a las limitaciones de éste. No debemos ser dogmáticos en todas nuestras conclusiones. A todo esto se añade la idea de considerar al cuerpo de Cristo a lo largo de la historia. Siempre es bueno, en señal de humildad, ver qué creyeron e interpretaron buenos hombres de Dios a lo largo de la historia sobre ciertos temas o pasajes. Es parte de lo que Dios hace en su Iglesia, que Él dé hombres que instruyan a otros a lo largo de la historia, ninguno de ellos era, es, o será infalible, ni tampoco están por sobre Las Escrituras, pero considerar lo que concluyeron siempre será de ayuda, y puede preservarnos del error.
  4. Sensibilidad espiritual: Acercarse al texto de la Biblia no es lo mismo que acercarse a un diccionario. Si creemos que la Biblia es la Palabra de Dios, nos acercaremos con reverencia, buscando que Dios nos hable por medio de ella. La oración en esto es clave, muchos nos acercamos a la Biblia por una mera curiosidad intelectual sin esperar ser transformados por ella. Como bien señala Roy Zuck, “debemos acercarnos a la Biblia con la intención y la voluntad de obedecerla y poner por obra lo que se aprende de ella”. Otro factor en nuestro estudio será nuestra correcta relación con Dios, es decir, nuestro pecado también estorba en lo que Dios nos quiere enseñar, por lo que es importante confesar nuestros pecados y acercarnos a la Palabra de Dios en santidad. Es difícil pensar que alguien que vive constantemente en pecado esté interpretando correctamente la Palabra de Dios.

Una sana hermenéutica no se trata sólo de una buena teoría, sino de una vida santa.

Dijimos que todo comenzaba con el Espíritu Santo, y queremos señalar que todo termina con Él.

John Owen dijo: “Todas las verdades divinas que son necesarias conocer y creer, para vivir ante Dios en fe y obediencia, para venir y permanecer en Cristo, como también para ser preservado de los seductores, están contenidas en las Escrituras, o propuestas para nosotros en revelaciones divinas, las cuales no hemos podido entender a estos extremos, porque si pudiéramos, no habría necesidad de que nos fueran enseñadas por el Espíritu Santo. Pero esto es así, él nos enseña todas estas cosas, capacitándonos para discernirlas, comprenderlas, conocerlas y obedecerlas”. La importancia de esto es que algunos ven al Espíritu como lo opuesto al estudio bíblico, y esto es un error. El Espíritu nos guiará e iluminará si estudiamos y meditamos diligentemente en las Escrituras. 2 Timoteo 2:15 dice “procura con diligencia, como obrero”. ¡Dios no recompensa la pereza!. No requeriríamos estudiar con diligencia para usar bien la Palabra de verdad si el Espíritu Santo hiciera todo. La dinámica divina – humana sigue, y seguirá estando.

Concluyo diciendo lo siguiente:

Acércate a la Escritura para ser transformado por ella, estúdiala con diligencia y humildad buscando tu santidad, anhélala como si fuera lo más importante, y deléitate en ella como en ninguna otra cosa, pues en ella ves a Jesús, tú Señor, quien te amó, y murió por ti.

«En quien están escondidos todos los tesoros de la sabiduría y del conocimiento» [Colosenses 2:3]

 

Bibliografía

  1. Roy B. Zuck, Interpretación básica de la Biblia.
  2. J. M. Martinez, Hermenéutica Bíblica.

1Roy B. Zuck en Interpretación básica de la Biblia.

2J.M Martinez, Hermenéutica Bíblica (Clie, p.30)