Sabemos que el fin último de todas las cosas es la gloria de Dios, y a la luz de esta verdad podemos declarar que el fin de la Iglesia también es la gloria de Dios. Pero también Dios dejó en claro, por medio de su Palabra, que quiere que los creyentes -la Iglesia-, seamos sal y luz del mundo. El Señor Jesús solicitó expresamente que se predicase el evangelio a todo el mundo. El apóstol Pablo se sentía deudor de predicar el evangelio y exponer todo el consejo de Dios a los hombres, a tal punto que llegó a decir: ¡ay de mí si no predico el evangelio!, pues me es impuesta necesidad. Y el mismo apóstol Pablo declara que la Iglesia es columna y baluarte de la verdad, verdad que ha de expresarse por medio de la Palabra de Dios, tanto en su proclamación pública, como en la testimonial a causa de la obediencia a ella de los creyentes. Por lo que es un objetivo primordial de la iglesia predicar la Palabra para la gloria de Dios. La Iglesia debe volver a hacer de esta tarea una prioridad. Considerando lo anterior, procederé a dar tres razones de por qué debemos predicar -y predicar la Palabra-, como cosa de vital importancia.

Como primera razón la predicación de la Palabra es el medio por el cual los que han de ser salvos conocen y conocerán de Dios. Pablo presentó y desarrolló esta verdad en su primera epístola a los corintios declarando que: Pues ya que en la sabiduría de Dios, el mundo no conoció a Dios mediante la sabiduría, agradó a Dios salvar a los creyentes por la locura de la predicación [1 Corintios 1:21]. Como bien dice el pastor Lloyd Jones:

«si tuviésemos que definir el principal problema del hombre, se podría decir que este es la ignorancia.»

La ignorancia de no saberse un pecador que está bajo la ira de Dios. Esta ignorancia desaparece cuando la Palabra de Dios es expuesta presentando no sólo la condición del hombre, sino también la obra redentora de gracia hecha por Cristo. Sólo el Espíritu Santo sabe qué ha de ocurrir con esa persona después, pero en base a la verdad que le ha sido expuesta puede acumular ira para el día de la ira, o por la gracia de Dios gozar de la eterna salvación en Jesucristo, como sea, bien lo señaló el apóstol Pablo a los romanos, la fe viene por el oír, y el oír por la Palabra de Dios. El perdido necesita oír la Palabra de Dios, pues como dice John Stott:

«los incrédulos no creerán en Cristo hasta que lo hayan oído hablar a través de sus mensajeros o embajadores por medio de la predicación. El perdido necesita de la predicación de la Palabra de Dios.»

En segunda instancia quiero argumentar que debemos predicar la Palabra de Dios, no sólo porque sea el medio por el cual Dios salva a los pecadores, sino también porque es el medio por el cuál Dios edifica a su pueblo. No hay otro medio. El apóstol Pablo dijo que anunciaba a Cristo a fin de presentar perfecto en Cristo Jesús a todo hombre [Colosenses 1:28]. También señaló a la iglesia en Éfeso, que Dios constituyó apóstoles, profetas, pastores y maestros, para el perfeccionamiento de los santos y la edificación del cuerpo de Cristo [Efesios 4:11-12], todos ellos con un ministerio centrado en la proclamación de la Palabra de Dios. Las iglesias llegan a existir por la proclamación de la Palabra y crecen por la proclamación de la Palabra, y abren otras obras a causa de la proclamación de la Palabra y la obra del Espíritu Santo. No hay otro medio. Todo lo que el creyente necesita para ser perfeccionado a la imagen de Cristo está en la Palabra de Dios, y en su obediencia a ella, pues como ella misma declara, es perfecta para convertir el alma. El crecimiento y la edificación de las iglesias está altamente condicionado a su exposición a la Palabra de Dios, por lo que las iglesias deben procurar que esta Palabra sea lo que se comunique desde sus púlpitos domingo a domingo, y no otra cosa.

«La Iglesia necesita de la Predicación de la Palabra de Dios para crecer.»

Como tercera y última razón quiero acudir a una idea muy simple. Debemos predicar la Palabra de Dios porque simplemente Dios así lo ordena. Quise intencionalmente dejar esta razón para el final, pero la verdad es que si las dos primeras razones no existiesen, sólo bastaría esta para acudir con diligencia a la tarea de predicar la Palabra de Dios. Fue al famoso predicador Inglés Charles Spurgeon a quien se le preguntó por qué se esforzaba en predicar si él mismo declaraba que Dios no le necesitaba, y que de todos modos Dios se encargaría de cumplir su plan y salvar a los que ya había escogido. A lo que Spurgeon sabiamente respondió:

“Predico porque Dios me dice ve y predica.”

El Señor nos dice vayan y prediquen [Mateo 28:19-20], pues esta en la forma en la que se cumple la orden de haced discípulos. Pedro nos dice que somos pueblo adquirido por Dios para anunciar las virtudes de aquel que nos llamó de las tinieblas a su luz admirable [1 Pedro 2:9]. Pablo le dice a Timoteo poniendo al Señor Jesús como testigo que predique la Palabra [2 Timoteo 4:1-2]. El mismo apóstol en su segunda carta a los corintios dice que no somos otra cosa sino embajadores en nombre de Cristo, para que roguemos a los hombres, como si Dios rogase por medio de nosotros, que se reconcilien con Dios [2 Corintios 5:20]. Dios siempre supo que por medio de su Palabra salvaría a los perdidos, y mediante su Palabra edificaría a su Pueblo, pero también siempre supo que sería mediante su pueblo que haría proclamar su Palabra escrita a los hombres, por lo que en su Palabra dejó la orden que llega hasta nosotros el día de hoy: ¡Prediquen mi Palabra!. Los creyentes necesitamos obedecer la Palabra de Dios.

Habiendo dado estas tres razones para predicar la Palabra de Dios me gustaría concluir compartiendo lo que el pastor Sugel Michelén llama el ancla teológica de por qué predicar. Él declara que:

“Dios ha hablado y actúa hablando, Dios habla hoy a través de su Palabra escrita, y Dios nos ordena predicar su Palabra para hacer oír públicamente su voz.”

Y la verdad es que no puedo estar más de acuerdo con su declaración. El pastor Sugel en su libro De parte de Dios y Delante de Dios desarrollará estas tres verdades de manera clara y sencilla, haciendo ver al predicador la importancia de entender por qué debemos predicar. Ahora, no sé si el pastor Sugel habrá pensado en esto, pero en mi caso es inevitable pensar en la relación entre el ancla teológica que él propone y la experiencia del creyente. El creyente llega a ser creyente porque en algún momento Dios le habló, luego comienza un proceso de santificación y edificación porque Dios le continúa hablando, y durante este proceso Dios quiere que el creyente proclame a otros a viva voz las verdades -Palabra- de Dios, experiencia que sin duda se puede extrapolar a la realidad de la iglesia y nos lleva a las tres razones de por qué predicar expuestas en este escrito.

Así que, en base a lo visto en las dos primeras lecciones, si hoy estamos ante una iglesia con comezón de oír ¿por qué vamos a permanecer fieles a nuestro llamado de predicar la Palabra de Dios? Creo que no hay mejores palabras para responder a esto que las de John Stott:

“En un mundo que aparentemente no está dispuesto a escuchar o no es capaz de hacerlo, ¿cómo podemos estar persuadidos de continuar predicando, y aprender a hacerlo de forma efectiva? El secreto esencial no es dominar ciertas técnicas sino estar dominado por ciertas convicciones.”

Convicciones -ancla teológica o razones bíblicas- que nos llevarán a proclamar la Palabra de Dios contra viento y marea pues eso es lo que Él quiere que hagamos.

“El Señor nos ayude”

Bibliografía

  1. Martyn Lloyd Jones, La predicación y los predicadores.
  2. John Stott, La predicación: Puente entre dos mundos.
  3. Sugel Michelén, De parte de Dios y Delante de Dios.