Este periodo abarca desde el Edicto de Tolerancia de Constantino (313 d.C.) hasta la caída de Roma occidental en el 476 d.C. El periodo está caracterizado por el cambio radical en la posición del cristianismo inmerso en el imperio. Para el año en que abdicó Diocleciano (305 d.C.) la religión cristiana estaba prohibida, y todo aquel que se declarase cristiano era a lo menos torturado. Antagónicamente en el 324 d.C. bajo el gobierno de Constantino, se reconocerá el cristianismo como la religión oficial del imperio. Esto generó que el emperador (así mismo llamado cristiano) junto con una corte de cristianos profesantes, iniciasen una nueva era en el imperio. Los cristianos pasaron de la arena del coliseo y los lugares de tortura, a las sillas de gobierno del imperio.

La historia dice que Constantino afirmó, durante la lucha por el poder en Roma, haber visto una señal de la cruz en el cielo con las letras griegas χ y ρ, y haber oído una voz en el cielo que le decía: “Por esta señal conquistarás”, la que más tarde adoptó como insignia del ejército. Poco después (313 d.C.) Constantino promulgó el Edicto de Tolerancia que puso fin a toda persecución, pero no fue hasta el 323 d.C. que llegaría a ser el supremo emperador y llevaría junto con él a los cristianos al trono de Roma.

Sin persecución y con el apoyo del emperador, el cristianismo retomó sus lugares de congregación, se dio autorización para la construcción de nuevos lugares de adoración, y se patrocinó y ejemplificó dicha actividad, construyendo templos que eran réplicas de la basílica romana. Muchos templos paganos se consagraron como iglesias, algunos de ellos se mantuvieron con el fin de usarlos como bóvedas del tesoro público, tesoro que terminaría en las arcas de la iglesia y su clero, hechos que atestiguan sobre un financiamiento del estado para la iglesia. Más beneficios llegaron con el tiempo. El clero estaba libre del pago de impuestos, tenían una alta defensa de acusaciones públicas, se les puso en posición de privilegio en la sociedad, y queriéndolo o no, se les convirtió en figuras públicas poderosas.

Constantino proclamó como día de descanso y adoración el día domingo, o primer día de la semana, por lo que su observancia se respetaría en todo el imperio con el correr de los años. En el 321 d.C. Constantino prohibió que las cortes se abriesen los domingos, los soldados debían descansar, pero mantuvo los juegos públicos en señal de festividad. Constantino erradicó el infanticidio del imperio, ordenó la mejora en el trato de los esclavos, prohibió el juego de gladiadores, y se dice que todo esto ocurrió debido a la influencia cristiana en su gobierno.

Al parecer las cosas habían mejorado, pero el vínculo entre la iglesia y el estado se convertiría en una maldición. Los privilegios y el poder que ostentaban algunos era un atractivo más que suficiente para unirse al cristianismo sin considerar el aspecto de la fe en ello. Los cultos aumentaron en gran manera su número de participantes, pero la adoración de antaño se fue dejando de lado, para dar “acogida” a un mayor grupo de personas que venía con otras prácticas y costumbres. Las prácticas mundanas se fueron infiltrando de a poco en los cultos de adoración, tanto así, que algunas fiestas paganas llegaron a mimetizarse con fiestas de la iglesia.

Cerca del 405 d.C. comenzó la incorporación de imágenes en los templos. Imágenes a las que se les rendía culto, por ejemplo, el paganismo adoraba a Diana, y sacar a los paganos de esa práctica sería algo realmente costoso, por lo que se propuso adorar en su lugar a María. La figura de los ancianos también evolucionó a la de sacerdotes, y la iglesia comenzó a tomar un rumbo que tendría repercusiones hasta estos días.

El problema fundamental fue que la iglesia pasó de ser perseguida a ser reconocida y venerada, ya no es más una institución que transforma al mundo, sino una que se deja transformar por él. Lo anterior se declara en líneas generales, pues la iglesia siempre gozó de hombres fieles que amaban a Dios, y durante esta época, se tiene ejemplo de ello con hombres como Jerónimo y Crisóstomo.

En el sector oriental del imperio, el estado dominaba de tal manera a la iglesia que terminó ahogándola, quitándole su energía y vida, por su parte en occidente, la iglesia usurpó poco a poco el poder del estado. La verdadera iglesia se comenzó a diluir detrás de una institución política, monárquica y corrupta que dominaba a las naciones del mundo.

Cambio de capital

Constantino notó que Roma estaba íntimamente ligada con la adoración pagana, llena de templos, estatuas, e inclinada  a la idolatría. La tradición en Roma, en aspectos políticos y religiosos, era algo con lo que Constantino no quería luchar por lo que decidió reubicar la capital del imperio en oriente, en la antigua ciudad griega de Bizancio que unía Europa con Asia (hoy Estambul). Además la figura del obispo de Roma se había tornado difícil de manejar. Así, se fundó Constantinopla, nombrada en honor a Constantino.  La nueva capital, las repercusiones del cambio en Roma, y las amenazas de invasión externa, derivó en la división del imperio.  Constantino nombró emperadores asociados o “sub-emperadores” en el 375 d.C., pero fue Teodosio quien completó la separación en Imperio Oriental (griegos), e Imperio Occidental (latinos), dividiendo así, también a la iglesia.

Persecución del paganismo

Si bien Constantino fue tolerante a ciertas expresiones religiosas, no así sus sucesores. Ellos buscaron la conversión rápida de los paganos por medio de leyes opresivas. Cualquier otra religión no gozaría de recursos ni ayuda del estado. Se prohibieron los sacrificios y ritos, y se ordenó la pena de muerte y expropiación de propiedades a los paganos. Todo lo anterior terminó con el paganismo en no más de 150 años.

Lamentablemente cuando no hay conflictos externos, hay internos. Con la persecución externa en extinción, la filosofía y el esfuerzo por tratar de entender cuestiones difíciles de las Escrituras fue algo en progresión, a su vez, este fenómeno fue acompañado de distintos postulados en cuanto a doctrinas complejas, y algunos de ellos fueron tildados de herejías. Los postulados conflictivos generaron controversias, y las controversias comenzaron a ser resueltas por medio de concilios.

Controversias y Concilios

La primera controversia tuvo relación en cuanto al Padre y al Hijo. Arrio, un obispo de Alejandría, alrededor de 318 d.C., postuló que Cristo fue un ser creado, superior al hombre, pero inferior a Dios. Constantino en respuesta convocó un concilio en Nicea en 325 d.C. Un participante influyente en aquel concilio llamado Atanasio, logró que el concilio condenara a Arrio y sus enseñanzas, pero el poder político y social que ostentaba Arrio fue su protector.

Después vino la controversia sobre la naturaleza de Cristo. Apolinario, obispo de Laodicea (360 d.C.), declaraba que la naturaleza divina tomó la naturaleza humana de Cristo. Además, que Jesús en la tierra no era hombre, sino Dios en forma humana. Este postulado se condenó en el concilio de Constantinopla, 381 d.C.

La única controversia en la iglesia occidental durante este periodo fue en cuestiones relacionadas con el pecado y la salvación. Pelagio, monje venido de Gran Bretaña a Roma en el 410 d.C., postuló que cada alma hace su elección de pecado y de justicia, toda voluntad humana es libre y cada alma tiene responsabilidad de sus decisiones. En respuesta a esta tesis, apareció la mente más brillante de la teología moderna según algunos postulan, Agustín. Agustín argumentó que todo hombre está perdido y condenado delante de Dios, y no puede de su propia elección escoger ser salvo, pues sólo Dios escoge para salvar. En el concilio de Cartago en 418 d.C., se condenaron las enseñanzas de Pelagio, y la teología de Agustín vino a ser la regla de ortodoxia en la iglesia.

Bibliografía 

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